martes, 5 de octubre de 2010

De la cuna hasta el cajón



-Te voy a romper todo.
-Ja ja... Gordo, no hay manera de que me agarres.
-La primera que tengas tirala larga, te juro que te rompo todo. No sabés las ganas que tengo...
La escena, palabras más, palabras menos, se repite por mil al repasar la carrera del Tanque. Un rústico defensor, despiadado, criminal, que más que ficha técnica debería tener expediente. Por si alguien no tiene claro cómo es la foto que le sigue al breve diálogo, les cuento que el personaje en cuestión tiene como trofeo, casi en un altar, la venda ensangrentada que Chimi Blengio le robó al chileno Alexis Sánchez, rival al que esa misma tarde le rompió el tobillo izquierdo en cancha de Tigre.
El detalle marca que de grande, el Tanque empezó a poner sobre aviso a sus víctimas. No sé si marcarlo como un rasgo bueno o malo en él. Hay quienes aseguran que tiene cierto dejo de perversión. Como si un padre se regocijara dando la extremaución. Nada lo enorgullecía más que encontrarse después de tiempo con un conocido y que éste comentara: "Nunca vi pegar a alguien como a este tipo".
A pesar de su fama, este muchacho de Don Torcuato había alcanzado lo que muchas grandes figuras del fútbol persiguieron sin éxito durante años y años: formar parte de un equipo de trascendencia mundial por muchos de sus rasgos y también por sus títulos. Un equipo al que nadie quería enfrentar y del que muy pocos tenían elogios públicos. En los medios se reiteraban las quejas de los otros conjuntos respecto del juego de Imagina, de su vehemencia, de su presunta deslealtad, de su desprecio por el fair play... Pero puertas adentro, en la intimidad, esos detractores envidiaban la estructura que había montado Imagina, apoyado en una base de amistad y solidaridad entre sus integrantes. Un equipo humilde que había alcanzado lo máximo. El Tanque era el capitán de ese plantel. Llevaba con tremendo orgullo semejante distinción.
Marcador central por vocación, sus amigos de la infancia cuentan que nunca logró desarrollar ningún tipo de habilidad en el manejo de la pelota porque su obsesión era despejarla o cedérsela a quien tuviese cerca para poder pegar una patada con la excusa de pretender recuperar el balón. Alguna vez, en una entrevista con su amigo Juan José Marón, ahora director del William Morris Herald, viejo compañero de aventuras, dijo que en las noches previas a una definición, se despertaba exaltado, sudado, nervioso, soñando que perdía una pelota dividida en la puerta de su área. Fanático de Tigre, quienes vivieron la experiencia de acompañarlo a ver un partido como espectador, aseguran que llamaba la atención de todos porque gritaba como un gol cuando un jugador suyo ganaba una bocha trabando. O cuando un central salía a barrer hacia un costado y arrastraba pelota y atacante logrando que no le cobren infracción.
Pero a todos algún día nos pasan la factura por debajo de la puerta. Y en ésta no hay cuotas ni fiado. Una noche de lunes, ya bastante más cerca de colgar los churrasqueros que de seguir engrasándolos (como aprendió de su amigo Orfila, un estandarte del futbolista-carniza), alguien se la cobró por unos cuantos que lo sufrieron. Y de qué manera se la cobró. Son esos momentos en los que te das cuenta que todo tiene sentido. Que alguien, no sé si a mano, en una Olivetti o twitteándolo con su notebook, escirbe todo al menos un rato antes de que las cosas pasen. Aquella noche, un atacante rival intentó una chilena, recurso jamás interpretado por el Tanque. Le revolvía el estómago pensar en semejante pirueta. Y al caer, este delantero lesionó severamente la rodilla izquierda del torcuatense defensor, que luego de insultar hasta a las mascotas de los vecinos del victimario (justiciero, dirían muchos), se fue del campo.
Los diarios fueron crueles con él: "Justicia", fue lo más leve que publicaron. "El fútbol se operó de un quiste. Y lo hizo con su mejor bisturí: una jugada estéticamente agradable quitó del camino del buen gusto a semejante tronco", despedazó al Tanque el cruel Fainaruti. Era de esperar. Las aves de rapiña caerían sobre su piel.
Lo último que se supo del Tanque no es muy alentador para sus fanáticos, que se agrupan cada sábado por la tarde en la casa de antigüedades en la que fue internado para su rehabilitación y luego empleado. Ahí se gana unas monedas lustrando muebles viejos con su pierna derecha, cuando no tiene alguna recaída y se le da por agarrar a los codazos a los percheros, cabecear alguna araña del siglo XIX o recibir con las dos suelas para adelante a algún potencial comprador.