lunes, 26 de julio de 2010

No estoy solo


Empieza el día para mí. Apenas pasadas las 8.30. Desayuno y al IBC, el centro de prensa donde hacemos el programa a diario. Pablo y el Gordo están en la cancha. Yo no tengo idea dónde voy a estar cuando empiece el primer partido de Argentina. Es algo loco pero real. Estoy en un Mundial y todavía no sé si voy a poder ver un partido en vivo. Pero no me resigno. Después de casi dos horas al aire con la previa, llegando a las 14 de acá y apenas las 9 de Argentina, me subo al auto con mi productor, programamos el GPS y nos vamos al Ellis Park. Estamos nerviosos los dos. Acá las emociones te desbordan todo el tiempo. Nada se parece a otra cosa que haya vivido. Siento que todo el tiempo estoy en carne viva. No tengo entrada. Mi credencial apenas si me permite entrar a mi lugar de trabajo. El productor está en la misma. Hablamos mucho en el viaje. Hacemos chistes tontos. Nos reímos nerviosos. Sabemos a dónde vamos. No sabemos si podremos entrar. La autopista nos baja a una avenida que empieza a mostrar otro clima. La piel se me eriza. Empiezo a ver gente de blanco y celeste. Empiezo a escuchar que hablan en mi idioma. Siento gente cantar. Quiero cantar también yo. Quiero correr. Buscando dónde dejar el auto, casi chocamos contra el micro de la Selección, que está llegando al estadio. Una locura. Nos reímos. Más nerviosos que antes. Sacamos fotos. Dejamos el auto. Apuramos el paso. Miro todo. Me emociono. No digo nada. Siento. Pienso. Siento más. Camino más rápido. A lo lejos veo a Gustavo Flores, un ex periodista de Clarín al que hace años no veía. Está subido a un pilar esperando a alguien. Lo sorprendo y lo abrazo. Es la primera descarga. Me agarro de él como si fuera a quien estaba buscando. Lo saludo y sigo. Tiemblo. Prefiero no pensar. Muestro la credencial. Paso un control. Dos. Tres. Estoy caminando dentro del predio del estadio. No lo puedo creer. La gente va para todos lados. Van los argentinos. Los nigerianos. Mexicanos que salen de abajo del piso. Son miles. Voy yo. Por momentos logro ver parte del césped. Quiero gritar. Los nervios aflojan el nudo de mi garganta. La tensión gana. Busco una puerta que luzca accesible. Me cruzo a Sergio Maffei, ex compañero de Olé. Nos abrazamos. Charlamos. Nos miramos. Antes de despedirnos, vuelve a abrazarme y me dice al oído: "¿Te das cuenta a dónde llegamos, gordo?". No puedo responder. El nudo aprieta fuerte. Los que están leyendo esto saben a lo que me refiero. Me conocen. El Coco también. Nos escuchamos tantas veces rezongando. El siguió remando en el diario. Yo busqué mi lugar en otra parte. Los dos estamos disfrutando algo que no sé si alguna vez llegué a soñar. Es demasiado grande. Lucas, mi compañero de habitación, me llama al celular. Está en la cancha. Me indica la puerta para pasar. Me compro una cerveza. Tomo un trago. Tomo coraje. Paso. Llego. Miro. Los jugadores están entrando en calor. Yo estoy entrando a otro sueño más. Estoy ahí. Ustedes están conmigo. Puedo verlos. Lloro. Me gana la emoción. Quiero abrazarlos. Suena el himno. Las lágrimas brotan solitas. Para qué evitarlas. Mil fotos pasan por mi cabeza. Tengo memoria. Claro qué sé a dónde llegué...

1 comentario:

  1. que grande sos, cómo lográs transmitirme esto?

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